Aparecemos en Mundaka por una decisión de último momento como los viajeros que ponen rumbo a lo desconocido. Nunca preparamos los viajes, aceptamos la sorpresa y siempre esperamos encontrarnos con los elementos que el destino disponga como vicisitud. Sin previsiones es más entretenido. Sucesos prósperos o adversos como la vida misma. Resulta que el pueblo celebra las fiestas y está repleto de gente y actividad. El gentío autóctono y los visistantes ocupan las calles con alegría, se forman grupos animados que charlan tranquilamente con unos tragos en la mano. Son simpáticos y amables y disfrutan del día despreocupadamente, como tiene que ser. Sí señor. A la entrada del pueblo alguien nos dice: «bienvenidos, aqui os trataremos como a personas». Estupendo, nos elevan el espíritu y se dibujan unas sonrisas de agradecimiento en nuestros rostros. Acostumbrados a la falta de aprecio esta infusión de +animo nos infla. Habíamos encontrado aparcamiento en el quinto pino, nunca mejor dicho. LLegamos a la orilla del mar con un cielo azul tremendo y costeamos el municipio con los piés, un poco investigando porque no conocemos el lugar. Aparecemos en el puerto y tomamos posición en una mesa del Hotel del Puerto, un lugar precioso con un panorama espectacular repleto de bañistas y paseantes, gente sentada charlando y tomando unos quitapenas. Solicitamos unos vinos y unas aceitunas, plácidamente respiramos el ambiente general, alegre y divertido. Un auténtico placer. Decidimos buscar un lugar para comer pero después de intentarlo en varios establecimientos consideramos que no será posible, está todo reservado, otro día será. Ponemos dirección a Bermeo, pero esa será otra historia. Gracias a Mundaka, lugar precioso y pacífico por la acogida y el trato recibido. De todo corazón.
Mundaka






























